La víspera de la tormenta lo ayudó a recordar. Resulta, que exactamente 365 días atrás el panorama era muy diferente al que acontecía en ese momento. Aquella noche el clima estaba un tanto caluroso, húmedo, muy pesado. Él se preparaba para pasar la noche en la casa de ella, una mujer que había conocido hace ya varios meses, que le había fascinado desde el primer momento pero nunca se habían dado una oportunidad. Esa era la noche. Eran las nueve y aún estaba en su casa. Ese día debería haber trabajado hasta las diez, pero pidió salir temprano para tener más tiempo, quería que todo estuviera perfecto, nada librado al azar, nada a las apuradas. Se había vestido con una bermuda oscura, chomba negra con rayas blancas horizontales, zapatillas blancas, mucho perfume y el rostro recién afeitado. En las afueras, el resto del barrio festejaba el carnaval que había organizado la municipalidad en las calles, todo estaba alborotado, y eso no hacía más que alimentar sus nervios. Pidió un remis, y con miedos y dudas, como toda primera cita(aunque en realidad no era la primera) se dirigió a la casa de ella.
Tocó timbre, las manos le sudaban, llevaba consigo la incertidumbre de no estar del todo seguro de qué le depararía esa noche. La puerta se abrió y las dudas se despejaron. Una sonrisa, quizás la más bonita que haya visto jamás, y un simple "hola" que salió de su boca con ese tono tan dulce e infantil bastaron para transportarlo a otra dimensión, una dimensión donde todo deja de importar, donde no interesa el clima, el trabajo, la familia, el club, NADA. En ese instante mágico se dio cuenta de algo: a esa mujer no se la iba a olvidar nunca más en la vida...
La bienvenida fue como la de dos novios que se veían siempre. Más aún, fue la de dos personas que se conocían mucho, había una confianza inusual y el miedo había quedado fuera de la casa. Tan grande fue la sensación de familiaridad que hasta Kira, la perra de la casa, se le acercó alegre a darle la bienvenida, como si realmente él ya hubiera estado allí.
Después de saludarse fueron directamente a la habitación, se sentaron y comenzaron a charlar. En persona no lo habían hecho hace más de tres meses, pero siguiendo con esa línea de familiaridad hablaron por un largo rato, entre besos, sonrisas, caricias. Lo que siguió no se puede describir. El amor los encontró esa misma noche, adentrándolos en esa dimensión extraña, oscura, tranquila e inolvidable. En cada beso y cada abrazo cabía el universo.
Afuera, el cielo había terminado con las amenazas y los rayos y truenos comenzaron a iluminar la habitación a oscuras. Claro, ninguno de los dos estaba demasiado consciente de lo que ocurría afuera, no interesaba.
El amanecer los encontró abrazados. Aunque no haya sido la única vez que despertó abrazado a alguien, sabía que todo había sido muy diferente. Sabía, en el fondo de sí, que por el resto de sus días recordaría esa noche, esa tormenta, ese despertar, esa sonrisa, ese perfume, esa voz, ese amor...
Estaba convencido de que esa relación que comenzaba iba a ser única, y en el fondo de si, también sabía que no iba a ser eterna. Es ley, los amores eternos son los más breves.
Sabía que eso sería inolvidable, si, lo sabía, y se veía a él mismo, 365 días después, escribiendo esta historia en tercera persona, levantando una copa por ella y reconstruyendo con lujos de detalles esa noche en la que entendió que basta un día para enamorarse, pero que no alcanza la vida para olvidar una noche de amor así.