lunes, 24 de febrero de 2014

TRESCIENTOS SESENTA Y CINCO DÍAS DESPUÉS

Permanecía acostado cuando una sensación de nostalgia le invadió el cuerpo por completo. No entendía, se asustó. ¿Qué estaba pasando? Era como si el alma estuviera tratando de decirle algo. Primero sintió tristeza, nostalgia, una sensación extraña que le recorría el pecho. Algún recuerdo de un pasado mejor trataba de decirle algo...
La víspera de la tormenta lo ayudó a recordar. Resulta, que exactamente 365 días atrás el panorama era muy diferente al que acontecía en ese momento. Aquella noche el clima estaba un tanto caluroso, húmedo, muy pesado. Él se preparaba para pasar la noche en la casa de ella, una mujer que había conocido hace ya varios meses, que le había fascinado desde el primer momento pero nunca se habían dado una oportunidad. Esa era la noche. Eran las nueve y aún estaba en su casa. Ese día debería haber trabajado hasta las diez, pero pidió salir temprano para tener más tiempo, quería que todo estuviera perfecto, nada librado al azar, nada a las apuradas. Se había vestido con una bermuda oscura, chomba negra con rayas blancas horizontales, zapatillas blancas, mucho perfume y el rostro recién afeitado. En las afueras, el resto del barrio festejaba el carnaval que había organizado la municipalidad en las calles, todo estaba alborotado, y eso no hacía más que alimentar sus nervios. Pidió un remis, y con miedos y dudas, como toda primera cita(aunque en realidad no era la primera) se dirigió a la casa de ella.
Tocó timbre, las manos le sudaban, llevaba consigo la incertidumbre de no estar del todo seguro de qué  le depararía esa noche. La puerta se abrió y las dudas se despejaron. Una sonrisa, quizás la más bonita que haya visto jamás, y un simple "hola" que salió de su boca con ese tono tan dulce e infantil bastaron para transportarlo a otra dimensión, una dimensión donde todo deja de importar, donde no interesa el clima, el trabajo, la familia, el club, NADA. En ese instante mágico se dio cuenta de algo: a esa mujer no se la iba a olvidar nunca más en la vida...
La bienvenida fue como la de dos novios que se veían siempre. Más aún, fue la de dos personas que se conocían mucho, había una confianza inusual y el miedo había quedado fuera de la casa. Tan grande fue la sensación de familiaridad que hasta Kira, la perra de la casa, se le acercó alegre a darle la bienvenida, como si realmente él ya hubiera estado allí.
Después de saludarse fueron directamente a la habitación, se sentaron y comenzaron a charlar. En persona no lo habían hecho hace más de tres meses, pero siguiendo con esa línea de familiaridad hablaron por un largo rato, entre besos, sonrisas, caricias. Lo que siguió no se puede describir. El amor los encontró esa misma noche, adentrándolos en esa dimensión extraña, oscura, tranquila e inolvidable. En cada beso y cada abrazo cabía el universo.
Afuera, el cielo había terminado con las amenazas y los rayos y truenos comenzaron a iluminar la habitación a oscuras. Claro, ninguno de los dos estaba demasiado consciente de lo que ocurría afuera, no interesaba.
El amanecer los encontró abrazados. Aunque no haya sido la única vez que despertó abrazado a alguien, sabía que todo había sido muy diferente. Sabía, en el fondo de sí, que por el resto de sus días recordaría esa noche, esa tormenta, ese despertar, esa sonrisa, ese perfume, esa voz, ese amor...
Estaba convencido de que esa relación que comenzaba iba a ser única, y en el fondo de si, también sabía que no iba a ser eterna. Es ley, los amores eternos son los más breves.
Sabía que eso sería inolvidable, si, lo sabía, y se veía a él mismo, 365 días después, escribiendo esta historia en tercera persona, levantando una copa por ella y reconstruyendo con lujos de detalles esa noche en la que entendió que basta un día para enamorarse, pero que no alcanza la vida para olvidar una noche de amor así.

lunes, 3 de febrero de 2014

Toda su vida creyó en una frase que dice: "Siempre seremos para alguien la persona correcta que conocieron en el momento equivocado".
Quizá eso explique todo, pensaba. Cuando se conocieron, allá por el 2010, no era el momento, no era el lugar, no era la edad y no estaban en la misma sintonía. Y lo intentaron igual, pero el final no fue bueno. Aunque se puede hablar de final en el amor? O cuando es amor, las cosas jamás terminan? Al fin y al cabo se conocieron, y para él, eso era suficiente: eso mantendría viva la esperanza de volver.
Pasaron muchas cosas, mucho dolor, mucha tristeza, mucha alegría y mucho aprendizaje. Los caminos, que iban a otro ritmo y persiguiendo cosas diferentes, se separaron. Cada uno siguió con lo suyo hasta hoy.
Sus historias son son las de dos vidas que se separaron bajo la implícita condición de volver a cruzarse y, ojalá, para no separarse más. Hoy son dos personas que transitan lo mismo, con las mismas ambiciones, con las mismas ganas, con los mismos deseos y hasta con mismos gustos.
Habrá que ver qué pasa ahora que ambos están libres, sin ataduras, con ganas de crecer y ser felices.
Habrá que ver si este es el momento, si este es el lugar, si esta es la edad. De lo que no hay dudas, es lo que siempre supieron: están echos el uno para el otro.